Hacia un destino

Hacia un destino

Hacia un destino

…porque el tiempo es poco, es absurdo medirlo con simpleza de usurero…

Olga Bernad

La felicidad es tema poco socorrido en la literatura. Se considera cursi, mentirosa y plagada de lugares comunes. Pero hoy quiero dar testimonio de ese dulce retortijón, esa calma provisional, ese rumor dócil que vaticina efimeridades. La felicidad es vértigo apacible, cascabel de víbora que se amarra a la memoria y abre las heridas de los recuerdos más dulces; hiere con su luz como la luna. Y es que el dolor a causa de felicidad es feroz. Somos presa de sus espejismos. Nos persiguen. Se nos aparecen pertinaces como fantasmas. Nos rondan. Quizás es por eso que amar nos resulte tan peligroso. Porque conlleva esa promesa de felicidad mentirosa y ridícula, el encandilamiento perpetuo con eso que parece indestructible, sólido, eterno. Mientras tanto la vida mañosa se nos escapa imperceptible entre fisuras diminutas. El recuerdo de los momentos felices golpea con puñetazos bajos. Nos ronda, nos ronda.

Tal vez deba ir atrás a esas tardes de invierno infantil en la playa donde tuvimos tiempo para descifrarnos. No sé quién fue nuestro guía en este rito de iniciación a la ternura. Si papá, con su mirada alerta y su paciencia exhalada entre las bocanadas de un puro infinito, o mamá con su suave alegría al pie de la estufa y sus vapores de comino y azafranes. No sé quién fue ni cómo se entrelazaron nuestros corazones abriendo el grifo de un diálogo profuso en el que la sencillez era nuestro tesoro. Aprendimos a seguirnos el hilo, la huella, la pista. Platicábamos por horas. Desde pequeños asuntos fútiles, qué me pongo, cómo se lo digo, hasta asuntos escabrosos como la lealtad, la traición, el miedo que deshojábamos entre pastelillos de pistache y café turco. Los juegos de mesa y los deportes nos parecían enfadosos. Nosotras hablábamos. Chapoteábamos de un asunto al otro sin escrúpulos, sin cálculo ni dosificaciones constreñidas al prejuicio. Comparecíamos ante nuestros testimonios cada vez más íntimos. La confianza abría nuevos y más estrechos vínculos. Abría nuevos cauces a nuevos vertederos. Descerrajaba el cofre de nuestros más recónditos secretos. Nuestra juventud transcurrió en un continuo zambullirse en el océano de nuestras biografías. Conversar contigo era una experiencia casi mística por esa natural disposición que tenías para el asombro. Había tiempo de sobra. No porque nos sobrara el tiempo. En nuestra edad adulta trabajo, familia y compromisos nos sobrepasaban. Pero éramos magas para robarle tiempo al Tiempo y ese botín de horas saqueadas nos lo repartíamos gozosas. Nuestra tertulia era territorio infranqueable. Ni esposos ni hijos ni amigos podían traspasarlo. Creamos zonas de prohibido el paso. Una de ellas fue escabullirse de la ciudad una vez al año. La misma playa, el mismo hotel, hasta las caminatas y comidas eran parte de la complicidad que nos acompañó a lo largo de la vida.

Llegamos a Belize entre los traqueteos de vuelo y lancha hasta arribar a nuestro destino. Qué curiosa expresión, arribar a nuestro destino. ¿Acaso no es precisamente eso lo que hacemos a cada paso? ¿Estrellarnos contra nuestro destino? Llegamos a la habitación sesenta y tres, la de siempre, con su vista panorámica cercada por la majestuosa bugambilia y su ventilador de madera.

Abrazadas frente aquella llanura de azules. Sobre esa misma roca nuestro colorido ocaso de cada día. Ahí, sentadas tantas veces desde la muy temprana juventud, el mar, el mar, silenciaba su estruendo, y a susurros, casi manso, doblegado por aquella amistad, se elevaba para lamer nuestros pies desnudos. Abrazadas, refrendábamos la antigua ceremonia fraternal de aguardar en silencio hasta el grandioso instante de ver el mar sorberse al sol de un solo trago. El inmediato despertar de la noche con sus luciérnagas, sus sapos, sus murciélagos desplazarse de un lado al otro por aquel resplandor de oscuridades. Luego la caminata hacia el comedor bajo el farol de una noche llena de luna, nuestro pescado a las brazas acompañado de un Albariño bien frío.

Abrazadas, ahí donde un mar arrojado subía hasta nuestra roca y transformaba su bravura en inocente espuma, en ese momento en el que el silencio germinaba, previo al milagro de la caída del día, atentas a los últimos sonidos de la tarde con sus gaviotas, pelícanos, caracolas, estrellas de mar, iguanas, hormigas rojas volver a sus madrigueras y nidos, ahí, en ese preciso momento interrumpiste con tu serenidad característica, en ese tono de voz líquido con el que te hacías una con el agua, justo en aquel momento suspendido por la brisa: Lily, ¿crees en el destino? Lo dijo con cierta alegría triunfante y reveló honda el contorno de su rostro ribeteado por un haz de luz a esa imprescindible hora de la tarde. Abrió a desmadejar el tema como tantos otros a lo largo de nuestra historia. Sí, querida, le respondí desde el fondo cristalino del silencio que guardábamos. Creo en el destino, pero no en ese que está grabado en piedra, sino en el que se escribe a lápiz y puede rectificarse. Volvimos a nuestro silencio para presenciar el prodigio de aquel astro impetuoso cederle el paso al fulgor blanco de una luna que esa noche delataba con despiadada claridad lo que la penumbra oculta.

Sin entender por qué, de manera impetuosa, como quien escucha una advertencia, me entró una desinquietud extraña y le sugerí, haciendo acopio de calma: vámonos yendo, Margolín, el mar anuncia sus tormentos. Ya ves que nos advirtieron que podría entrar un huracán. En el cielo el tumulto inquieto de nubes se dejaba arrastrar por un viento que alborotaba el cabello largo de Margot tornándolo más verde que amarillo y desprendiendo su bálsamo de jazmines.

Pues que entre el huracán, hermana, qué importa, ¿qué nos falta?, estamos juntas aquí, una vez más, en nuestro lugar preferido, y este paisaje amado frente a nosotras. A mi sí me falta, querida, respondí de inmediato: mi Bety amada, la Rana, entre tantos otros, vámonos, mañana volvemos. Yo estoy completa, hermana, dijo Margot. Se volteó a ver las últimas llamas de la tarde, ahora en violetas y se desvaneció en mis brazos como cuando niña jugaba a desmayarse para no tener que interrumpir lo que estábamos haciendo. Ese era nuestro pacto. Ella a desfallecer y yo a contarle un cuento para despertarla. Margot, no me voy a poner a contarte un cuento justo ahorita antes de que se suelte una tormenta. Vámonos. Ándale manita, no seas payasa, te lo cuento en la cena, ¿sale? Vámonos que se está haciendo de noche. Margot, no es broma, despierta. La agité con delicadeza, el mal tiempo me preocupaba. En cualquier momento comenzaría a chispear. Margot… Margot… Mientras la sacudía juguetonamente me regresaron sus palabras: ¿Qué nos falta, hermana?, yo estoy completa. Traté de dilucidar a qué venía ese comentario. Tal vez algún problema en casa. En la cena hablaría con ella. La seguí sacudiendo con delicadeza, claro que no estaba completa, pensé. Ella am a sus hijos, a su marido, tantas buenas amigas. Margot… ¡Margot! El olor a jazmín flotando en el aire me mareaba y comenzaba a tornarme impaciente con la bromita de mi hermana.

La luna en el cenit era una enorme ampolla de luz en la gruta sin bordes de aquella noche. El mar con sus vísceras tornasol reanudó su escándalo característico, se desgañitaba. Las olas iracundas mordían mis pies, se batían en duelos de altura y reventaban estrepitosas. Parecía que el mar te reclamaba, Margot, por Dios, ¡despierta!, que le pertenecías y yo atada a ti con todo mi ser reteniéndote. El mar se levantaba quería arrastrarte, Margot, Margot, y tú, dócil, inamovible, yacías lánguida con tus ojos salados de espuma.

Alcé la voz pero el mar también subió de tono enmudeciendo mi llamado. Fue ahí donde torné tu rostro hacia mí. Tu rostro, Margot, ese que conocí y amé tantos años, el de la niña vivaz, la joven idealista, rebelde, tu rostro último de mujer apacible, profunda, se desprendió de ti, dejándote una expresión estática, tan ajena a la tuya. Tu cuerpo flácido, tibio todavía y el corazón desbarrancándose daban a tu semblante un tono lívido en el que sólo quedaba vivo el arrebatado fulgor de un desenlace. En tu mirada se despostilló la luz. Tu mirada, Margot, tan ancha, tan penetrante, tan habituada a escudriñarlo todo, estaba ciega. Extraviada en un punto en el infinito, y tu penetrante olor a jazmines seguía impregnando el aire en ese residuo de vida recién apagada. El mar, ese mar indiferente a mi desolación, relinchaba triunfal en formidables olas. 

Pedí auxilio. Pero como sucede en las pesadillas mi grito era mudo. Imperceptible. Te sacudí con todas mis fuerzas para hacerte volver. Ya no había camino de regreso, Margot, jamás volverías. No volverías. Tu corazón había dado un salto mortal hacia el centro de la noche. Me dejaba en los brazos el impacto absurdo de la muerte. Tu corazón, Margot, así, de repente, perdió su gusto por latir. A pesar de mis desesperados intentos la muerte seguía sucediéndote.

En esos instantes tú y yo solas en el universo éramos dos granos de arena arrojados al infinito en direcciones opuestas. Las nubes agolpadas en el cielo reiteraban tormenta. Qué importaba, ya no había cobijo ni lugar seguro, ella, mi hermana, se había marchado completa. No le faltaba nada.

Comprendí de golpe que el destino no está grabado en piedra ni escrito a lápiz, sino en los delicados y muy categóricos alientos de esa insólita abdicación que es la muerte.

Yo estoy completa. Te volteaste y te acurrucaste en mis brazos como niña. Con tal sigilo te desprendiste. Como a escondidas para no lastimarme y me dejaste sumergida en el desamparo azul de aquella noche. Ocupada en tu ascenso seguramente sabías que la vida te había absuelto. En cambio yo, quedaba clavada a ti para siempre, sometida a la contrariedad de sobrevivirte, de mendigarle al recuerdo una y otra vez este último crepúsculo a tu lado. Con el miedo atroz de que el tiempo adulterase mis recuerdos, que se entrometiera entre nosotras y me hiciera pensar que lo nuestro no existió, que esa felicidad luminosa llena de lugares comunes era mentira y que borrara para siempre esas ganas de llamarte y sembrar tu voz de mar en todas partes. El laberinto de tus labios queda sellado para siempre. Tu muerte se me entierra, me clava las uñas con la feliz y adolorida evocación de haberte amado.

Margot, Margot querida, dónde colocaré este semillero de sueños impedidos. Dónde nuestro tiempo robado, interrumpido definitivamente, dónde tu estoy completa, justo antes de partir, dijiste, y abandonaste este plano dilapidante de días, horas, minutos para habitar uno exento de materia, de felicidad y resplandor del que la literatura no se ocupa por ridículo.

Dejo aquí en estas líneas una apología de la felicidad. El recuerdo dichoso que fuiste y serás para mí. Me quedo, hermana, con los escombros de esta noche que amarré a mi memoria. Con el dolor fantasma de lo que ha sido amputado.                                 

4 respuestas

  1. Me quedo con un sabor a tristeza despues de leerte hoy, Vic.
    Seguro ya te lo he dicho, pero tienes una habilidad muy especial para hacerme sentir…

    1. Liz querida,
      En efecto,”Hacia un destino” es una historia que desgarra. Nos arroja a los abismos de esa soledad última en la que vivimos.

  2. Hacia un destino, es una historia devastadora y trágica, me sentí huérfana y olvidada en un mundo sin lo que me importaba, sin lo que tenía, absolutamente sola y sin camino. Me desató recuerdos que no tienen que ver pero que se me agolparon en la cabeza como cuando se me partió el corazón y pensé que jamás volvería a tener una amiga después de que mi amada Ana Patricia me dio la espalda y cambió de mejor amiga y una vez que la recuperé, murió….me dejaste un paisaje desolador y para colmos sin esperanza….
    Y claro a pesar de todo, dolorosamente lo gocé.
    Gracias por compartir

    1. Querida hermana,
      Tu mirada, la sensibilidad con la que penetras en un texto, la historia que cargas y de la que dispones para tocar y tocarte. Es un privilegio que mi escritura encuentre puerto en tus ojos. Brindemos por el amor, por la amistad, por la dolorosa aventura de vivir.

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