Doctor: ¡no me quite usted la muerte!

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Atrapado entre dos mundos buscas resguardo.

Con la voz quebrada dices, aunque la incontrovertible ciencia asevere lo contrario, ¡ya no vivo!,

Entre toses y antibióticos,

diarreas por exceso de antibióticos, bronco aspiraciones,

sondas gástricas, neumólogos, gastroenterólogos, entre internistas y la prolongada lucha con aquel enfermero abusivo del que no te pudiste librar hasta esa terminante mañana en que tu mano se hizo puño y rehusaste, violento, desde tu debilidad y tus momentos de angustiosa demencia, determinado y con tu característica fuerza, ahora tan disminuída, te negaste a que se te volviera a acercar. Si se ha de pelar, dijiste, tumbado en la cama, que se vaya remojando, y celebraste en silencio tu ínfima victoria.

Entre los crueles antojos: ¿crees que me haga daño comerme una torta?, pides y con vergüenza y horror ves el tubo plástico por el que te alimentan.

Vives atado, condenado a una sonda por la que te introducen una tonelada de medicinas y esos alimentos artificiales de los que tanto se ufanan las nutriólogas. Con los ojos llenos de lágrimas ves a mi madre y le preguntas aseverando, esto ya es para siempre, ¿verdad?

Desde esa temible realidad de ya no ser tú mismo y el impedimento de poder decidir lo que se te hace y a lo que ya no estás dispuesto, desde ahí, con la coherencia y la valentía con la que siempre te has conducido, dices: Ya caducó mi boleto, perdió su vigencia, ¡déjenme!

Con la rotunda responsabilidad que te caracteriza, y para evitar ser un peso para nadie, llevas días tratando de organizar tu sepelio.

Háblale a tus hermanos, que vengan de inmediato.

¿Ya avisaron al templo?

No vayas a dejar sola a tu mamá en estos días.

Luego te quedas dormido.

Duermes la mayor parte del tiempo.

Abres los ojos unos minutos,

preguntas por tus hijos,

los varones a los que encausaste y enderezaste con mano dura y vigilaste para que no anduviesen por malos caminos.

Tus varones, papá, en los que depositaste tu anhelo de continuidad; tus aliados, tus socios, los que viven beneficiados de las oportunidades que les diste.

¿Por qué casi no pasan a verme?

Vuestros hijos no son vuestros…”, trato de sanar la herida con este verso tan socorrido,

No es falta de amor, le digo, es miedo.

No se resignan a aceptar esto que para ellos es tu derrota.

Prefieren dejarte solo ante el acecho de este golpe de muerte, que encarar el terror a su propio descenso.

Nunca le has pedido nada a nadie.

Mucho menos a nosotros, tus hijos.

Diste a manos llenas.

Y hoy que la vejez te vence, estás solo.

Es diciembre, papá, 2014. El frío cala las calles navideñas de la Ciudad de México, hay tráfico, bullicio festivo de posadas.

El indiferente resplandor del día alza su daga, deslumbra, corta.

Troza tus horas en tiempo infinito.

Nada sucede.

Nada.

Nada,

excepto tu lento, atormentado deterioro y la condición indigna de lo que ellos, los médicos, osan llamar vida.

Qué momento de confusión tan sombrío.

Qué desolación arrasadora la del tiempo en que se aguarda a la muerte.

Me imagino cuánto aliviaría tu zozobra estar rodeado de amigos.

Todos han partido,

y tú, desarmado y solo

tienes que encarar el cruel derrumbamiento de tus días.

Has tratado de abrir puertas

pero la medicina,

la medicina y su aterradora ética impide cualquier intento digno de salida.

¡Vida a toda costa! Enarbola su bandera. ¡Vida al enfermo, aunque asesinemos al hombre! Esa es la ley que profesa su juramento hipócrita.

Ahora que yaces tendido en tu cama,

perforado, oxigenado, alimentado con artificios,

¿dónde están los médicos? Los que dijeron sí al neumólogo y al bombardeo de antibióticos, los que argumentaron que te salvarían del horror de la inanición, los que dijeron sí a la gastrotomía.

¿Por qué después de las tan poco hospitalarias intervenciones, no vienen a verte, a reconfortarte, a recordarte tu humanidad todavía?

Ya no eres negocio, papá. El médico cubre con el paciente la cuota que el hospital le exige para poder seguir llenando sus bolsillos. Para reanudar su membresía al equipo de cazadores sanatorios. Lo demás no importa. No visita al hombre cuando el paciente, fuente de su ingreso, ya está desahuciado. Ni una palmada en esa espalda adolorida por los días y días que llevas hundido en la cama.

El lema es: Time is money, querido padre. Los médicos, semidioses expulsados del Olimpo, sólo saben lo que saben y no les conviene incorporar a su conocimiento mecánico la anticuada categoría del espíritu.

Te quitan la muerte a cambio de su sustento.

Mientras ellos cobran y duermen, tú, desde tu inmovilidad y tu total dependencia, compruebas horrorizado la pesadilla a la que ellos mismos te han inscrito. Cada vez que abres los ojos ratificas consternado que sigues preso en este mundo.

Aún así, en los breves lapsos en los que logras estar despierto,

tu sentido del humor, tu filosa ironía,

tu sabiduría,

generosidad,

sentido de justicia,

me tientan, querido padre, me incitan a querer retenerte, prolongar tu estancia con nosotros. Y sin embargo, al mismo tiempo indago la forma de asistirte en eso que tanto se le dificulta a la medicina:

ir por el hombre y su alma. Ayudarte a comprender que has iniciado el largo trayecto hacia llanuras imprevistas, tú, que casi todo lo previste.

Decirte con el dolor de mi alma, que has ingresado en el ámbito de lo primario umbrío

donde la única regla es rendirse. Tú, que no te rindes con casi nada. 

Rendir, no conducir, padre.

Los días de conductor se han apagado.

Aceptar que es tiempo de entrega ferviente.

De tranquila perseverancia hacia lo oscuro.

Este es el plazo para el ordenamiento de toda una vida.

Aquí y ahora,

en este punto donde convergen todas tus muertes, todos tus renacimientos.

Tiempo sagrado de cuerpo celeste hacia su órbita.

Es necesario cabalgar solo, amado padre.

Descubrir el centro. La puerta secreta hacia el único refugio: tu ser absoluto.

   

Vicky Nizri

Invierno del 2014

12 respuestas

  1. No puedo continuar leyendo sin enjugarme las lágrimas que no me permiten ver.
    Vicky qué texto aterrador, a qué hemos llegado en aras de alargar la vida de los viejos y los enfermos que lo que quieren es un trozo de tiempo para despedirse de los suyos y después embarcarse solos para pasar al otro lado del río.
    El dinero cuando es el fin único todo lo ensucia, todo lo complica.
    Dejar ir a un ser querido protegiéndolo de estas sanguijuelas no resulta fácil puesto que quisiéramos que nunca se vayan , que nunca mueran, pero el egoísmo es un mal consejero.
    Cuando llegue el momento te pido que me ayudes a irme en paz.

    1. Marianela querida,
      Gracias mil por tu puntual comentario. Dá tanto miedo depender de los salvavidas de bata blanca. Pienso igual que tú. Mientras la cabeza funcione, y el cuerpo traquetee, pues seguiremos con la batalla. El problema es que no sabemos cómo vamos a reaccionar a la mera hora. Si tendremos el valor para desprendernos de los que amamos. No sabemos si cuando nos llegue el momento el valor se nos adelgace y supliquemos nos den una pequeña extensión de ¿vida?
      Lo que me hace corto circuito es esa ética médica en la que los criterios que definen lo humano se ajustan a los criterios económicos de médicos y hospitales. Ahí sí ¡me rajo!

  2. Qué fuerte mi Vicky, artista de la palabra… y qué documento espléndido! Qué verdad aterradora vivimos también, siendo algo q siempre ha sido, por los siglos de los siglos amén, y le seguimos dando la vuelta, deseando un ratito más.
    Yo quisiera poder ser como los gatos, q cuando saben q es su tiempo, sin mayor alharaca o drama, se salen a encontrar un rinconcito a donde irse en paz…. O estos seres, de los q hay pocos, pero hay, q una mañana se levantan como siempre, sabiendo q es su último día, de visten de domingo, desayunan con placer y salen a vivir el sol de sus últimas horas para morir en la siesta…. Qué deseo de estar así de conectada.
    Gracias por compartir tu corazón y tu filigrana verbal. Te quiero tanto!
    Shu

    1. Gracias, mi Shu, este es un relato escrito con el corazón en la mano. Por un lado uno quisiera retener al ser amado y por el otro uno sabe muy bien que es precisamente del amor de donde se sacan las fuerzas para dejarlo ir. Creo que el ingrediente que la medicina ha perdido es precisamente ese. El amor a sus pacientes. Están mucho más comprometidos con el deber de su profesión que con el Ser. Muchas gracias por tu comentario.

  3. Mi querida Tocayita, leí tu Cuba qué es un fiel espejo de tu realidad. Rescato que el arte es una salida digna y brillante de la cotidianidad a veces dolorosa. El arte te rescata en todos sus géneros.
    No había leído el relato de la agonía de tú papi a qué yo quise tanto. Es verdad que para algunos médicos la enfermedad es un negocio, yo casada con uno se que no todos negocian con el dolor. Soy testigo de múltiples ocasiones en que mi médico ha ayudado incluso a morir cuando no existe cura alguna. No te olvides de que siempre se pide autorización a cada intervención, tu ma quería retener a tu pa de cualquier forma. Hay cartas que se firman ante notario para que esto no ocurra. CARTA DE VOLUNTAD ANTICIPADA.
    Escribo esto en defensa de los pocos que no son hacen negocio con el sufrimiento.
    Un muy afectuoso abrazo y todo mi cariño

    1. Gracias, queridísima!Sí, el arte como vehículo y vínculo. Qué hay en Cuba, o más bien qué es lo que no hay en cuba que provoca esta abundancia, exuberancia artística. Creo que la carencia invita más al proceso imaginativo, que los excesos.
      Con respecto a la carta de Dr, no me quite usted la muerte, sí, la medicina ha secuestrado de la vida. Entendiendo vida, por signos vitales. El proceso de mi padre fue un profundo aprendizaje para mí. En efecto, mi disposición está firmada. Espero que la muerte me recoja antes de que me descubra la medicina.
      Mil gracias por tus siempre puntuales comentarios.

  4. ¡Ay Vicky!
    Tengo una parte del mar de mi tierra saliendo por los ojos y la otra parte atorado en la garganta. ¡Cuánto cuánto amor hay en este relato! ¡Cuánto dolor ! ¡Qué crudo! ¡Qué real!
    Gracias, mi Vicky, por tu narrativa.
    Me acordé de Marguerite Yourcenar y lo que decía de caminar con los ojos abiertos, entrar a la muerte con los ojos abiertos.
    Yo espero también, decidir cómo entrar a mi momento final. Qué mi mente esté en su lugar y no me quiten los vulgares mercenarios de la salud, mi dignidad, mi derecho a elegir. Eso es lo que pido y así lo he comentado a los míos. Espero que los dioses me escuchen.
    Y, a propósito del tema, hay una película que vi hace un par de años en la Cineteca. “LA FIESTA DE DESPEDIDA”. Es coproducción germano-israelí. Aborda el tema de la eutanasia. La recomiendo.

    1. Gracias por tu comentario, Jovita. Muy enriquecedor. “…caminar con los ojos abiertos” “…entrar a la muerte con los ojos abiertos” ¡Cuánto trabajo previo hay que hacer para lograrlo! Ese valor no llega solito con los años. Al parecer con la vejez se va perdiendo eso que entendemos por dignidad. Nos vamos acostumbrando a ser invisibles en esta sociedad en la que ya no se venera a los viejos. Todo lo contrario. Es casi vergonzoso envejecer, y la vida se convierte en una lucha campal para que no se nos noten los años. Sí, hay que practicar mucho para que la vejez no nos coja por sorpresa, para llegar ahí y tener la valentía de mantener abiertos los ojos. Para llevarla a cuestas con orgullo. para no aferrarnos a una vida indigna sobremedicalizada, detenida con alfileres. Para no renunciar a nosotros mismos y darle el control de nuestra existencia a un médico que ha distorsionado casi todos sus juramentos.

  5. Querida hermanita, ese día, ahí en ese panteón en donde también descansan (por así decirlo) mis abuelos paternos, te vi, te sentí, noté que parte de ti se quedaría por siempre acompañando a Don Simón.
    Con éste relato magistral entre mis reprimidas lágrimas volví a vivir ese momento, mi hermanita destrozada, miembros de la comunidad sonrientes y platicadores cual evento social y tantísima gente que ni se enteró quizá de la existencia de esos alimentos artificiales y que por fin aparecieron para alabar la generosidad de quien se fue. Sin embargo, noté esa paz que te daba el sentir que los tubos, antibióticos, artificios y ese deterioro se habían acabado, por fin.
    Por supuesto que no deja de sorprenderme tu relato, como dice Shu, artista de la palabra. Lo que no me sorprende ni tantito es el dolor que reflejas, no cabe duda de que si alguien se consumió de dolor durante ese infame tiempo agónico, eres tú, como nadie, sin duda alguna.
    ¿Pero sabes qué? Leer este aterrador relato, me concientizó de ese egoísmo tanto involuntario como ignorante que me invadió cuando mi madre me sugirió o más bien suplicó concordar con esa Carta de Voluntad Anticipada, en donde como estúpido pensé que firmaba su sentencia de muerte, mañana mismo, así es, mañana mismo haré lo propio.
    Muchas gracias por –una vez más- abrirme los sentidos para recapacitar y actuar en consecuencia, suena trillado pero te lo repito, te quiero y admiro como a casi nadie en el mundo.
    Me recordó la primera estrofa de una maravillosa obra de Silvio Rodríguez:
    Cuando pedro salió a su ventana, no sabía, mi amor, no sabía, que la luz de esa clara mañana era luz de su último día. Y las causas lo fueron cercando, cotidianas, invisibles. Y el azar se le iba enredando, poderoso, invencible.

    1. En efecto, querido Jaime,
      Nada más estremecedor que ver el desvanecimiento de un ser amado desde lejos. En primer lugar uno pierde toda clase de autoridad para opinar. Las decisiones las toman quienes están a cargo del paciente, y es lo correcto. Cuando lo visitaba se me sacudía el corazón. Quería guardar en mi memoria la imagen, el recuerdo de ese padre que me engrandeció con mano dura y con tanto amor. Cuánta sabiduría para combinar esos dos aspectos. Implacable en sus principios y en sus lealtades y valores también. Hay tantas cosas que se quedan en el aire cuando uno está tan lejos. Tantas caricias ahogadas, tantos te quieros…

  6. Mi comentario, Vicky, va en relación a eso que percibí en tu padre, gracias a tu relato y que me habla de un hombre sumamente inteligente:
    “La meditación de la muerte no enseña a morir y no facilita la partida. Por ello, tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos”, decía Yourcenar, una de las mentes más brillantes en la literatura. Memorias de Adriano, ( mi novela favorita de todos los tiempos ) y que ella escribiera sobre el último Emperador Romano.
    Te comparto aquí un fragmento que corresponde a un poema de Adriano y que ella cita en su novela.
    “Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver …Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos…”

    1. A las puertas de la muerte, cuando la fuerza y el valor amenguan, ¡abrir los ojos! Se dice fácil.
      Gracias por devolvernos este fragmento de la Yourcenar en su magnífico Adriano. Creo que es tiempo, muy buen tiempo de retornar a esta lectura.

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