Atrápame un chontle

Atrápame un chontle

Tía Zoe enfermó del corazón y papá decretó que fuera a cuidarla una temporadita.
Protesté cuanto pude. Que mandaran a cualquiera de mis hermanos. Asunción, por ejemplo, dos años mayor que yo, y mejor aspirante para el puesto por ser mujer. Te lo ruego papá, imploré, es el último año con mis amigos de primaria, ¿qué voy a hacer allá?
La hermana de papá y su esposo no tenían hijos. Sólo un perico, un canario, un gato anciano que apenas se movía y por supuesto su chontle. Papá no atendió sugerencias, súplicas, quejas y mucho menos objeciones de un mocoso.
Me ayudó a empacar y me llevó al rancho de mis tíos en su destartalada camioneta Ford, de un rojo tan chillante que todos en el pueblo nos reconocían.
Cuando mi tía me vio, aunque convaleciente, mostró gran entusiasmo. Para darme la bienvenida esa mañana había matado una gallina, preparó caldo, frijoles de olla y echó tortillas. Yo era demasiado joven para ser conquistado con la comida, por más rica que estuviera.
Si en lugar de tacos y caldo me hubiera regalado un cachorro de gato o perro de esos que hay por docenas en las rancherías me habría consolado.
Papá se despidió y no dio lugar a sentimentalismos de niña. Así se refería él al llanto. Su impecable camisa a cuadros, planchada a conciencia por mi madre (nunca entendí por qué en la perfección del cuello de las camisas masculinas se califican la virtud y dedicación de la buena esposa), su pantalón de mezclilla oscura sobre esas botas vaqueras bien boleadas que esquivaban charcos y su sombrero de paja se alejaban de mí simultáneamente, lo que quiere decir que una cosa sucede al mismo tiempo que otra. Si tan solo se hubieran quedado conmigo sus botas o su camisa planchada tendría la certeza que papá volvería. Se dirigió hacia su camioneta sin volverse para una última despedida.
Encendió el motor y tras la polvareda y la nube negra de gasolina quemada se desvaneció por aquel camino de terracería. Mi tía y yo nos quedamos uno frente al otro. Sacudió el aire espeso y grasiento que dejó la carcacha y nos hacía borrosos y me ofreció unos taquitos de frijol y agua fresca de horchata.
Me gusta el agua de horchata. Ella lo sabía. Sin embargo, en ese momento de separación forzada, ni tres litros de miel habrían endulzado la amargura que sentía. Pensé lo felices que estarían mis hermanos jugando fut o cazando pichones o liebres. La próxima vez que los viera les demostraría que ya soy grande para que me lleven de caza y no me vuelvan a mandar de niño de compañía. No lloré. Ganas no me faltaban.
No llorar vigoriza. En aquel entonces desconocía el significado de vigoriza pero comprendí que quería decir no tolero ver llorar a un hombre.
Tía Zoe y yo solos en el rancho. Su amado chontle muerto y la Rata, así se llamaba la anciana misifusa, dormida como de costumbre. Toño, el perico, comiendo fruta, pelando semillas y molestando a la gente con groserías que don Hernando le había enseñado, y Chispa, el canario más cursi y aburrido del mundo. Don Hernando regresaría a las tres o cuatro de la tarde y tendríamos que acompañarlo a comer después de su larga jornada en el campo. Nos quedamos muy callados.
Observé atento los dos retratos que colgaban en la cocina. Uno era el del difunto cuando todavía cantaba y volaba. Qué bueno que no se la tomó muerto porque habría salido bien tieso. El otro, de la Virgen María. En medio de ambos una veladora. Mi tía puso a su chontle junto a la Virgen para que se lo cuidara allá en el cielo donde ahora viven juntos. El chontle, en efecto, ve embelesado a la Virgen pero a leguas se nota que la Santa Madre sólo tiene ojos para su hijo.
Mi amado chontle, suspiró mi tía. ¿Sabes, Fede?, tener un cenzontle en jaula y que la acompañe a una tantos años es de muy buena suerte. Y recitaba con entonación: Zenzontl, ave de las cuatrocientas voces, animal sagrado, nuestros antepasados lo sabían y volvía a contarme la leyenda de la princesa convertida en un hermoso pájaro.
Le tarareó sus madrugadas los últimos quince años y amaneció muerto en su jaula poco tiempo después de mi llegada al rancho. Ese día fue fatal, porque fatal quiere decir irremediable, desgraciado, rematadamente malo.
Don Hernando salió a trabajar como de costumbre y mi tía y yo fuimos a recoger huevos al gallinero y al regresar el chontle se veía desmayado pero más bien se había muerto para siempre. Lo enterramos. Le rezó y lloró días y días. Yo tenía que consolarla porque ese era mi trabajo. El de don Hernando era irse a La Faena a toda prisa.
Atrápame un chontle, Fede, y se le escapó otra vez el llanto. Inmediatamente se cubrió la cara con su rebozo como si llorar fuera vergüenza o cosa mala. No para una mujer, pensé. Permanecí callado.
La tía Zoe me abrazó. Eres como un hijo, Fede, siempre tan amoroso, y ahora vienes a cuidarme. Yo tenía doce años cumplidos y lo único que deseaba en ese momento era salir corriendo, irme a mi casa con mis papás, hermanos, escuela, amigos.
Me quedé paralizado, es decir, detener, entorpecer, impedir el movimiento de algo, en este caso mi huida. Ella me abrazó mucho. Escondió en mi hombro sus ojos mojados y entre sollozos alabó los prodigios de su chontle.
Todas las mañanas, a las cinco en punto, su serenata. Se sabía más de cien tonadas. Durante el día imitaba al perico, al canario, el claxon de don Hernando, el maullido del gato. Hasta aprendió a cacarear como gallina. Mi tía lloraba sobre mi hombro y yo sólo pensaba en huir pero permanecía inmóvil como el retrato de la Virgen.
La humedad de lágrimas y mocos mojó mi camisa y esa sensación pastosa, que no significa pasto sino espeso, no sé por qué pues suena más a pasto que a espeso y me revivió las ganas de escapar pero me quedé inmovilizado como me sucedía en las mañanas con el escándalo musical del chontle cuando todavía estaba vivo y cantaba, y la voz gruesa de don Hernando me despertaban pero yo no podía moverme.
Ni brazos ni piernas me respondían y el terror de quedarme así para siempre, la impotencia, que es el desastre de no poder hacer lo que uno quiere, me aterraba. Ese silencio sujetándome, el más callado de los silencios aunque por dentro había un escándalo, pensaba sin emitir sonido, ¡alguien, muévame, ayúdeme a salir de este encierro!
Cuando al fin lograba avivar un dedo un ojo un pie, sin pensar le llamaba a mi mamá que viniera pero al corroborar que yo no estaba en mi casa me ponía inconsolable que significa estar muy solo. Nunca le conté a nadie lo que me pasaba.
Sí, quería huir pero temía que si mi tía no se aliviaba yo tendría que quedarme aquí para siempre. Inmovilizado me dejé abrazar. Sabía muy poco de cómo consolar a una mujer. Al parecer don Hernando tampoco.
Cuando su esposa lloraba, él: ánimo, ánimo, y tras una palmadita en la espalda salía por piernas rumbo a la cantina. Desaparecía y mi tía: ven Fede, acompáñame un ratito y yo iba para que no la enfermara más la muina.
¡Kalimán!, así me apodó porque según él yo tenía los ojos color charco mohoso como el héroe de las historietas. ¡Kaliman!, ¿vienes conmigo? No puedo, tengo mucha tarea. ¿Cuándo vas a aprender a tocar guitarra, muchacho? Don Hernando visitaba la cantina más por necesidad que por gusto. Yo lo sabía porque salía corriendo del rancho con una urgencia parecida a la mía cuando iba de caza con mi hermano Juan y me dejaba cargar su rifle.
Si aprendes, Kalimán, me decía don Hernando muy serio, me vas a ahorrar buen dinero. Me acompañas a La Faena, tocas lo que te pidan y me ahorro lo de los músicos. Yo te compro la guitarra si me prometes aprender pronto. Ese era mi problema, yo aprendía muy rápido y todos sacaban ventaja. Aprendía lo que fuera: ciencias naturales, matemáticas, lengua, historia. Hasta danzas regionales.
Cuando venían los concursos interescolares a mí me ponían en las asignaturas más difíciles y casi siempre me llevaba los primeros lugares. Excepto una vez que el profesor Adrián, en sexto año, me obligó por las buenas a que me preparara para el concurso de matemáticas de primero de secundaria. Según él no había mejor candidato y si yo no entraba la escuela no participaría. En aquella ocasión fui el único de todos los concursantes del colegio que sacó segundo lugar. Y don Hernando me interrogó consternado: ¿en qué andas, muchacho, por qué no ganaste? Eres listo, te digo, en un par de semanas dominarías el chun tata que es lo único que saben tocar esa punta de haraganes que se dicen músicos.
Mi tío, así le tenía que decir por ser esposo de doña Zoe, que era tía mía, era cacarizo, más chaparro que mi padre, fornido, muy moreno, piel rasposa, de corazón correoso decía mi tía, que quiere decir que tenía el corazón duro como suela de zapato. Apenas leía o escribía. De siembra y cosecha, todo: cuántos costales por hectárea, cuánta agua, peones, semillas por barbecho; cuáles las estaciones, las fases de la luna.
En trigo, sorgo y ajonjolí era un experto. Conmigo convivía poco. Fuera de su insistencia porque aprendiera a tocar la guitarra casi no platicábamos. Vivía en su mundo. Su siembra, su cantina, su futbol. No le amargó la muerte del Chontle, dijo mi tía. Ni lágrimas ni lamentos. Así es la vida y punto.
Atrápame un chontle, atrápame un chontle, Fede, un machito para que me cante. Ahora que lo pienso, tal vez accedí a sus continuas peticiones sólo para llevarle la contra a su esposo, que irónico se refería al chontle como el hijo de doña Zoe y a mí no me pasaba eso de tener un primo pájaro. En el verano yo le tenía que ayudar en el campo. Me daba órdenes, me regañaba, y me pagaba un sueldo por el trabajo que hacía: subirme al tractor, abrir la compuerta de la caja de semillas, tomar el tiempo preciso para que cayera el número exacto por parcela y cerrarla.
Con ese dinero ayudé para mis útiles y poco a poco fui comprando mi bicicleta en partes. Quise el manubrio primero, el asiento, el cubo, luego los pedales, el freno, la cadena, los postes; lo último fueron las llantas y las cámaras. Al final del verano la había completado.
Don Hernando me ayudó a armarla. Sus peones le temían. Yo también, aunque nunca me hizo nada. Le cogí el modo y aprendí que cuando llegaba de trabajar cansado y de un humor que carbonizaba lo mejor que podía hacer, después de la merienda, era encerrarme en mi cuarto y pretender que estaba ocupado. En una ocasión, don Fermín, el dueño del estanquillo, me preguntó por qué nunca entraba a comprar dulces. Le respondí que no tenía dinero. Él me comentó, después de advertirme que no podía decir nada, que cuando llegué al rancho don Hernando fue con él y le indicó: Fede es mi sobrino. Lo que te pida dale. Yo pago. Así era el corazón del esposo de doña Zoe, generoso a escondidas.
Decidí que había llegado el momento de atraparle su chontle a mi tía. Pero por una razón u otra, el tiempo no me alcanzaba. Sí, buscaba un rato pero los cenzontles son expertos oculta nidos y esa nopalera en el camino llena de telarañas me distrajo y me puse a destruirlas y el hormiguero también me desvió y sus cientos de hormigas y su cargamento y sus túneles. Y cómo no me iba entretener taponar con lodo las entradas de aquellos canales secretos.
Para cuando quise retomar la misión chontle se había hecho ya muy tarde y no quería preocupar a mi tía. Al día siguiente me fui por otro camino. Uno que tuviera menos desviaciones. El cielo estaba azulísimo y las nubes se veían gordas y blancas y no pude más que acostarme en el zacate húmedo y adivinar la infinidad de formas. A mí me gusta la de venado porque juego a que tengo un rifle. Cuando empezó el chipi chipi me acordé y me puse en marcha. Pasé por dos rancherías, la de don Eusebio y la de don Armando, dos corrales con gallinas como el de mi tía y me asomé para ver si podía robarme unos blanquillos, no pude, escalé y bajé varias veces una loma empapada y resbalosa, brinqué sobre charcos llenos de ranitas diminutas.
Y es que las ranas antes de ser ranas son otros animalitos que se llaman rana-cuajos, quién sabe porqué, tal vez el cuajos quiere decir vivir bajo el agua y por lo mismo resulta difícil aplastarlos. Era época de lluvias y los rana-cuajos se convierten en verdaderas ranas y saltan enloquecidas por todos lados. Imposible esquivarlas. Al caminar uno va dejando la huella de docenas de ellas aplanadas en el camino. A mí me gustaba hacer tronar el piso al aplastar ranas o caracoles.
Lo aprendí de mis hermanos. Matar me hacía sentir un gran dominio, que significa poder de usar y disponer sobre otros. Dueño del mundo, decía Juan cuando mataba un venado, y yo sentía lo mismo. Sabía que estaba haciendo lo peor. Que todas ellas eran criaturas del Señor y que había que respetarlas. No lo hacía adrede, no era por maldad sino por sentir que algo en mi universo estaba realmente en mis manos. Tampoco ese día me dio tiempo de encontrar chontles.
El tercer intento fue el vencido. No sé por qué la gente dice que la tercera es la vencida pero tienen razón. De pronto escuché el canto de unos polluelos. No podía distinguir de dónde provenía. Las ramas de los árboles estaban tupidas y no se veía nada. Me dirigí hacia uno de los nogales de donde creí escuchar el piar de los pajarillos y justo al acercarme se alejó el chillido y ahora venía del nogal de enfrente. Me acerqué al de enfrente y ahora lo escuchaba de uno que estaba más retirado.
Así estuve, corriendo de un árbol a otro hasta que de pronto alcancé a ver el nido en un matorral bien espinoso. Me sorprendió descubrir que era el padre el que iba de un árbol al otro imitando el piar de sus críos para confundirme. Mientras tanto la madre cuidaba a sus hijos. Los polluelos comenzaron a chillar más fuerte cuando sintieron que me acercaba. Yo me puse a zarandear el arbusto hasta que me espiné las manos.
De pronto uno de ellos, en un intento fallido de vuelo se cayó del nido. Con las manos arañadas me lancé a atraparlo. El pollito pedía auxilio desesperado. Los dos cenzontles papás se me lanzaron a picotazos. No me importó y lo atrapé de la cola. El pajarito brincó dejándome en la mano un puñado de plumas. Me quité la camiseta y se la eché encima. ¡Lo tengo! ¡Es mío! Lo levanté con cuidado para no aplastarlo, guardé las plumas en el bolso de mi pantalón y lleno de orgullo se lo llevé a mi tía.
¿Es macho?, preguntó ella antes de verlo siquiera. ¿Cómo voy a saberlo, tía? Ella tomó al pollo entre sus manos y con un gesto de rotunda desilusión me dijo: este no es un chontle Federico, no tiene cola. Le enseñé el penacho de plumas que se me quedó en la mano y se puso feliz. Arropó al polluelo y lo llenó de mimos, mi chontle, querido, mi niño y se puso manos a la obra. Tía Zoe que siempre había sido amorosa conmigo, jamás me abrazó ni mimó como a su nuevo chontle. Limpió a conciencia la jaula del difunto que había permanecido intacta como un pequeño mausoleo en medio de la sala.
La llevó a la cocina, lavó con jabón hasta el más recóndito de los rincones. La enjuagó y secó a conciencia, con pulcritud devota. Me mandó a cazarle insectos. No los mates Fede, les gustan vivos y le preparó una papilla. Cortó una rama de ténabaris, una frutilla que les fascina a los cenzontles; parece una sonaja hecha de gotitas de agua. Le fabricó un pequeño nido con una camiseta deshilachada de don Hernando que lavó y planchó amorosa para que el bebé no pasara frío y cuando el pollito abrió el pico y gritó, mi tía Zoe le dio de comer con una jeringa sin aguja. Lo puso en el patio y cubrió la jaula con una manta.
Al día siguiente muy temprano escuché mucho movimiento en el patio alrededor de la jaula. Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que un cenzontle adulto asomaba su cabeza entre la manta y metía su pico por las rejas. Mi tía los observaba. ¿Qué pasa?, pregunté asombradísimo. Es la madre. Viene a darle de comer a su crío.
Una mañana tras otra, siempre a la misma hora, aparecía la devota madre para alimentar a su pollito. Llegaba toda brillosa y emplumada y a veces me veía con esos ojos reprobatorios por haberle robado a su hijo. Para mi tía Zoe no era novedad. Conocía la estirpe del cenzontle. Yo no podía creerlo. Puntual, vestida de gris, las alas con un marco negro y esa mirada atenta, profunda, inteligente. Cómo me hubiera gustado que mi mamá viniera al rancho a visitarme.
Que trajera a mis hermanos y que me llevara de regreso a casa. Sentí rabia contra esa pájara metiche y le dije a mi tía: yo puedo atraparla si quiere. No te atrevas, me advirtió contundente. Un cenzontle adulto en cautiverio se suicida. Pero yo sí quería atreverme.
Al día siguiente mientras mi tía ponía la ropa al sol en el tendedero, hice una caja de alambre, la puse alrededor de la jaula del polluelo y me quedé quieto esperando. La madre llegó como de costumbre entró en la trampa y yo la encerré de inmediato. Tía, tía, corrí hasta el tendedero para avisarle. Se lo dije, ¡ya tiene usté dos chontles!
Para cuando ella llegó, la hembra sangraba del cuello de tanto azotarse contra los barrotes. Su hermoso plumaje blanco teñido de rojo. Mi tía corrió a abrirle la puerta. La madre desangraba. ¿Por qué me hiciste esto Federico?

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