Todo sacrificio es inútil

Fotografía mujer abrochándosela zapatos de baile tango

Amanda salió corriendo tras el autobús de la escuela. Su madre despertó con el grito de adiós acostumbrado el azotón de puerta y el intenso ladrido de la perra del vecino que conocía a la niña desde pequeña. Como todas las mañanas se puso la bata rosa de suave algodón que la hija le regaló hacía años en un feliz día de las madres. Bajó las escaleras, hizo un poco de orden, se preparó su café orgánico bien cargado, tostó dos rebanadas de pan integral, les untó miel pura de abeja y se sentó a la mesa. Como todas las mañanas de 6:45 a 7:15 su desayuno en calma. Se disponía a leer el periódico. Un artículo sobre la crisis en Grecia y sus efectos en la economía mundial. De pronto, bajo la silla de Amanda, vio tirado un cuaderno con el logo de la escuela que juntas forraron a principios de año. En la nítida etiqueta escrita a máquina decía, English Homework.

Con cuánto orgullo le había mecanografiado esa etiqueta. Era la materialización de un antiguo sueño. Inscribir a su hija a ese prestigioso colegio bilingüe que, según ella, le abriría las puertas al futuro. No con poco sacrificio realizó la empresa. La colegiatura era altísima y la exigencia constante de materiales y contribuciones escolares la estrangulaban. No sabré rezar, se dijo muy satisfecha para sus adentros, pero sí picar piedra y conseguir lo que me propongo; a toda costa, la mejor educación para su niña. Y orgullosa pronunciaba sus tres reglas básicas para el buen desarrollo de un hijo. Lo repetía una y otra vez en aquellas horas de trabajos trasnochados que se agenciaba para ganar algo extra. Una buena preparación, principios morales, moderación ante todo. El dinero en manos de quién no sabe ganarlo es arma de triple filo, afirmaba en una especie de mantra pedagógico. Por eso supervisaba cada centavo que pasaba por manos de su hija. Levantó el cuaderno del suelo y, habituada a los esporádicos descuidos de la niña, se dispuso a revisarlo. Llena de orgullo leyó: English Homework. Preocupada de que Amandita hubiese olvidado alguna tarea importante por entregar ese día, pasaría a dejárselo de ser necesario. Lo que sea, con tal de que la niña no ponga en riesgo su promedio. Abrió el cuaderno y leyó en la primera hoja un enunciado, eso sí, en un inglés intachable, que le estalló en los ojos. Aquella oración atroz le arrancó tal espasmo que por nada le provoca un infarto.

            Pero si mi hija sólo tiene quince años murmuró escandalizada. Recién los había cumplido ese verano. Amanda era una joven delgada, ágil, de piel castaña como su padre, pelo quebrado de un rojo encendido como el de ella. Hábil para la expresión artística y de sangre liviana también como su padre. Esto se combinaba de maravilla con el sentido práctico, realista y responsable de la madre. Podría decirse una distribución democrática de genes. Amanda se desempeñaba bien en la escuela, cumplía las reglas, claro, bajo el constante acicate materno, y con eso ganaba la confianza para poder salir con sus compañeros e ir a las fiestas típicas de la secundaria. Tenía buenas amigas que la madre conocía desde el kinder. Algunos pretendientes. Nada de qué preocuparse, afirmaba la madre mientras leía y releía aquella oración que la demolía. ¿Cómo pudo escribir esto? Jamás recibí quejas o advertencias de la escuela, se golpeaba la madre el pecho y se recriminaba algún descuido imperdonable. Siempre tan orgullosa de su hija. Sí, a últimas fechas algo rebelde, sí, respondona, sí, se encierra en su cuarto por horas a bailar y a escuchar música a un volumen de estruendo perjudicial, pero no para ella, que comprendía a los adolescentes y que con unos tapones lo resolvía, sino por los delicados oídos de la niña que podían lastimarse. Nada fuera de lo normal, se remachaba con angustia, nada raro en una chica de padres divorciados recién estrenada en la adolescencia.

La madre de Amanda tenía un trabajo estable. Era contadora free lance. Un ingreso digno y libertad para organizar sus horarios y poder dedicar su tiempo a la supervisión de la hija. Joven, cuarentaytantos, bien parecida, poco interés en rehacer su vida con otro hombre, al menos mientras Amandita viviera con ella.            

Pero, ¿a quién le interesan las motivaciones de una madre ejemplar, típica mujer de clase media, complexión y estatura promedio, preocupada por darle a su hija una vida mejor? Divorciada tal vez de lo mejor de sí misma, un artista que al principio se sintió seguro al lado de ella, pero al cabo de los años le fastidió tanta compromiso impuesto, tantos propósitos y reglamentos. No, tampoco nos afligen sus horarios cargados para sacar sus obligaciones ni el peso de ayudarle al ex marido a concluir sus proyectos artísticos o a pagar sus deudas o malas administraciones. Tampoco vienen al caso las bohemias promesas de planes jamás cumplidos y el total desinterés de él por encontrar trabajos más estables ni el hecho de que su matrimonio con un artista la había agotado y aunque amaba y respetaba al padre de Amandita pensó que su relación con él duraría más si se separaban.

A partir del divorcio su prioridad fue sacar adelante a la niña, sus estudios, organizar el trabajo para compartir con la pequeña el mayor tiempo posible, ahorrar dinero y supervisar que todo marchara en orden. Pero en realidad, a nadie le interesa un personaje consagrado al servicio cuando sabemos de sobra que todo sacrificio es inútil.

Podría decirse que en aquel hogar reinaba una atmósfera de cordialidad y confianza. Claro, gracias al rigor y tenacidad de la madre, pero también a que la niña cumplía. Establecidos los límites, en especial el de no poner al alcance de la hija más dinero que el estrictamente requerido, no había motivos de desconfianza. Permisos o avisos de, mamá voy con Fulanita o va a venir Zutanita a la casa, pasaban con poca supervisión. El padre, que vivía absorto en su estudio pintando modelos, que viajaba aquí y allá al servicio de su arte, alto, fornido, de voz gruesa, manos rasposas y mirada profunda, muy pronto descubrió que opinar sobre las medidas disciplinarias impuestas a su hija le agregaba aún más responsabilidades a él, por lo que jamás objetó a los criterios formativos de su exesposa. Marco rígido contenido flexible, era el lema de ella y y se plegó a esos límites con tal de que en su estudio sólo él gobernara.            

            Nada le faltaba a la niña, pero sobre todo y más importante, no le sobraba nada, excepto cariño y atención materna. En la carencia hay porvenir. En la abundancia, hastío. Bajo tales doctrinas encausaba la madre a la niña.

Por eso al examinar aquella frase asesina, casi le da un infarto a la pobre madre que sostenía en sus manos aquel inocente cuaderno membretado y forrado cuidadosamente con plástico para evitar que se rasgara la codiciada etiqueta. Esta mañana común y corriente de café y pan tostado el acariciado cuaderno le quemaba los dedos, los ojos, pero sobre todo su reglamentario espíritu. Ella, que no sabía rezar, tan segura en sus convicciones, tan autosuficiente, se encontraba derrotada, horrorizada, indefensa. ¿En qué momento mi hija torció el camino? ¿Por qué tenía que sucederme a mí después de tanto sacrificio? Orgánicamente el café y la miel pura de abeja y el pan multigrano le quemaban el esófago esa mañana.

Camuflado aquel texto mortal tras el inocente forro. En caligrafía exquisita, daba inicio una narración al parecer autobiográfica que la madre leyó con profundo desánimo. Con los ojos nublados de fracaso leyó: Título: Sex on the Beach. El atroz encabezado arrancó de golpe el proyecto galante del futuro de su hija. Conforme avanzaba en el desdichado escrito, más y más se horrorizaba. Eso sí, en un inglés envidiable, perfecto en el uso de adjetivos y preposiciones. Página tras página describía la chica cuan ingenua era su madre, lo poco que la conocía, las miles de formas que tenía para engañarla, el abanico de cuentos chinos con los que la timaba. Aquello era un verdadero catálogo de engaños, pretextos, burlas y sarcasmos con los que la niña enredaba a su madre.

Cerró el cuaderno escolar con el anhelo de una vida entera desgarrado. Alzó con desgano la cocina, las miguitas de pan, la miel, el café tembloroso. Dobló el periódico, subió lenta, derrotada las escaleras, prendió la regadera, se dio un baño largo, el cuadernillo rojo quemándole las sienes, levantó la casa apática, sacó la pila de álbumes fotográficos, invitación al bautizo, notas y dibujos que la niña hizo, diplomas, certificados, boletas. Repasó la vida desde que Amanda había llegado al mundo. Tan deseada, tan cuidada niña. Vino a su memoria como si fuera ayer el departamento aquél tan lleno de amor y planes a futuro, luego el préstamo para adquirir la casa, el jardín, los cumpleaños de la nena. El primer día del kinder. Recordó y recorrió su historia hasta el momento preciso en el que forraron juntas el cuadernillo rojo. Con total desánimo sentada al pie de la escalera aguardó a que su hija llegara del colegio. Entristecida, con una vida entera latiéndole en la memoria y entre las manos la decepción, el fracaso. Esperó paciente y naufragada, con la vista fija en su pasado, a que la hija llegara de la escuela.

A las tres cuarenta y cinco como todos los días el autobús paró frente a la casa. Ladró la perra de la vecina. Rechinó la puerta de atrás, repicó la mochila arrojada con desdén sobre la mesa. El urra de “es viernes” y el, ¡ya llegué! de siempre, anunciaban la triunfal entrada de Amanda a su acolchonado hogar. Al ver a su madre sentada en las escaleras, pálida y descompuesta, sintió que se helaba y tembló al vislumbrar lo que sostenía entre sus manos. El rostro de la madre enrojecido por el llanto y el de la hija enrojeciéndose por la vergüenza. El pulso tembloroso de ambas, las manos frías y el cabello de ambas en llamas, la mirada inyectada de madre frente a los ojos culpables de su hija quien elaboraba a velocidad astronómica una nueva mentira. Lo siento mamá, en realidad nada de eso es cierto. Lo escribí el día aquel en que reñimos, ¿te acuerdas? Estoy muy desilusionada, hija, en realidad la cascada de ofensas irritadas las comprendo, a tu edad yo también… Pero.., y tragó saliva para no ahogarse, ¿me puedes explicar que significa ese título? Amanda suspira con alivio. No puede creer que la madre inquiera sobre lo único que tiene una explicación razonable pero sobre todo verídica. Ella muerta de miedo por la sarta de ofensas con las que calificó a su madre, la burlona manera de expresarse, el vergonzoso testimonio de tretas y mentiras. Suspira de nuevo, el cabello ahora menos encendido y las manos tibias. Casi tierna se dispone a consolar a la afligida madre. Sex on the Beach no es lo que sospechas, mamá. Es una bebida alcohólica. Nada de qué preocuparse. La madre descansa momentáneamente pero en seguida continúa su pesquisa. Reprimir el desengaño hablando lento, muy bajito, casi en secreto: me puedes explicar ¿de dónde demonios has sacado tú el dinero para comprar una bebida alcohólica? Amanda muy dueña de sí y exenta de turbación, en tono confiado calma a la madre con una palmada en la espalda. ¡Ay mamá!, no se necesita dinero: con bailar bien pegadita a un gringo él te la invita.

16 respuestas

  1. Mi Vic! Siempre ingeniosa para mantener la atención, me tuviste al filo de la silla… Esa Amandita se las sabía de todas, todas, como la mujercita ingeniosa q su madre educó.
    Te felicito siempre y espero la nueva!
    Feliz día de las madres, pues!

    1. Gracias Shu, siempre aprecio tus comentarios. Sé que eres una lectora exigente y muuuy inquieta. Me alegra que lo hayas disfrutado.

  2. Madre abnegada y sacrificada convencida que su hija es perfecta gracias a la cuidadosa educación que le ha dado. Tal vez así hubiera querido que su madre la hubiese tratado.

    Tu frase; “marco rígido, contenido flexible” es portentosa y precisa, así funciona la relación madre, hija.

    Me deja con este sabor indeciso del qué sigue, ¿cambiará la madre sus métodos educativos? ¿Se equivocó pensando en un proyecto de hija a través de su sacrificio de madre?

    Ser madre…el más dificil y arriesgado trabajo, quién tiene la fórmula para hacerlo bien.
    Gracias Vicky, me hiciste revisar mi trayectoria como madre y quien sabe cuantos taches termine encontrando.

    1. Muchas gracias por tu comentario, querida Marianela. Tal vez sean los hijos, nuestros más crueles y severos maestros. Nos conocen al derecho y al revés y cuando menos lo esperamos nos dan la estocada en el
      punto más débil. Cuando le preguntamos, cómo supiste cuál era mi vulnerabilidad, nos responden simplemente, llevo observando cada uno de tus movimientos desde que tengo uso de razón.

  3. Una madre muy inteligente que mantuvo la flexibilidad dentro del marco rigido y acepto los insultos y las mentiras como algo natural, pero enfrento a la hija como parte de su educacion. Todavia mas inteligente que la madre es la escritora que me mantuvo cautivo leyendo la narracion con mucho interes. Felicidades querida Vicky.

    1. Muchas gracias querido Luis,
      Me gustó mucho que comprendieras a fondo el hecho de que la madre no se involucra en el desplante de rebeldía de la hija. Sabemos que el amor, de una manera u otra en algún momento nos romperá el corazón; y el amor de un adolescente a su madre o padre lo hará con tal consistencia y crueldad que muchas veces se siente insoportable. Al parecer ese es el precio de convertirnos en individuos.

  4. Me gusta mucho encontrarme con tus escritos en Facebook e Instagram, siempre los comparto. Gracias por los textos y compartirlos!

  5. Con tal colorido y naturalidad narras la historia de Amanda y su madre, con tal ritmo y fluidez que logras convertir las frases en imágenes cinematográficas, inclusive Vicky me llaman la atención los sonidos, los ladridos, las puertas que se abren y se cierran. Atinadamente suscritos

    El ritmo exacto, la luz precisa del escrito nos lleva de la mano, y nos acerca a las emociones de la madre de Amanda. “sentada en el portón”
    esperando quizá llegar a su propia vida el título que tanto la contrarió.

    Fantástico Vicky, gracias

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