¿Quién es otro?

Carta a Peña Nieto

Apareció en el jardín del Zócalo, guitarra en mano, en el meñique un anillo de oro y piedra de rubí, camisa azul rey, bien planchada, pantalón gris de casimir, impecable, zapatos negros recién boleados, pelo entrecano muy lacio, doblegado por el prodigio de una generosa dosis de brillantina.
Era domingo a medio día, verano, la gente salía de misa, deambulaba. Iba él mirando alrededor de la plaza, la guitarra vertical, uña de carey que de vez en vez sostenía con los labios, circulaba ágil sus treintaitantos años, brioso, buen ánimo. Desfilaba tarareando y mientras, pretendía una banca sombreadita que no estuviera bajo un laurel porque sabía que en camisa de domingo no falla caca de pájaro; tampoco tan sombreada la pedía para que la voz no se le enfriara, algo soleadita, no mucho, y canturreaba el músico, como cualquier otro, en espera de ubicar el punto ideal para asentarse. Por fin, al lado de lo que parecía un concilio de globeros, cada cual sometiendo con vigor, como domadores de circo a sus fieras hinchadas de gas que forcejeaban por fugarse, allí, al lado de ellos se desocupó una banca cotizadísima, sin laurel ni tanto sol ni excesiva sombra. Atesoró la uña de carey en la bolsita de su camisa azul, alcanzó del pantalón, radiante a cuadros su pañuelo y desempolvó con cuidado el sitio donde planeaba sentarse. En un atisbo veloz verificó que no había mejor lugar a la redonda y se acondicionó satisfecho. Todo esto lo hizo sin desprenderse un segundo de su guitarra. Miró aquí y allá y orientó el anillo para que la piedra roja destellara, vio la hora: las doce ocho, por un segundo elogió el extensible nuevo de su reloj y adquirió de su bolsita ufana, la uña de carey. Ensayó algunas pisadas de rutina. Al tiempo que afinaba se dispuso a canturrear bajito. Pero más bien jugueteaba con su guitarra, con su voz, como hacen los músicos, que no toleran traer ocioso el instrumento. En aquella magnífica hora del día, soplaba un vientecito tibio y se regodeaba el músico de su soledad, de su banca, se deleitaba en esa especie de paraíso en el que uno cae si logra desafanarse de sí mismo. Se desvaneció poco a poco y fue cogiendo pulso y lo que era tra-la-lá se tornó en letra sabida y al cabo de un rato se hallaba solo, él y su guitarra y su banca perfecta. Cantaba modesto el músico, pero muy digno.
En ese momento pasó por allí un vagabundo, por su modo quebradizo y tambaleante de caminar aparentaba más de setenta años y por su pantalón gris agujereado y sus tenis sin abrochar cobijando, desvestidos unos pies de piel árida cubierta por costras de mugre empotrada en décadas, y su chamarra azul y su gorrita beisbolera, y su cuerpo oscuro, empequeñecido y tieso, de ojos sucios, vencidos por un velo blanquecino, quizás por eso representaba setentaitantos o más. Escuchó el vagabundo y, como abeja al basurero que punza la miel de algún dulce abandonado, se sintió atraído y se posó frente al guitarrista. Éste, en un intento vano de guardarse aparentó no verlo y continuó su canto. El vagabundo, adherido al confite de la melodía, balbuceó unas palabras, susurró para no interrumpir sino alentar al cantante. El músico, ahora más astringido y arrancado ya de esa cadencia idílica, cual exiliado de un sueño, fuera ya del suave anonimato alcanzado, simuló, una vez más, no avistarlo. El vagabundo, cautivo, desacompasado y tembloroso se sentó juntito a él. Entrecruzó las piernas, así solitas como sin dueño las columpió siguiendo el ritmo con detalle, y volvió la mirada a su músico en busca de camaradería. Lo hizo igual que antes, discretísimo, en el mismo designio de elogiar pero sin distracciones. Al deplorarlo tan cerca, el músico interrumpió un segundo. Giró cauto la piedra del anillo para evitar tentaciones. Movió la nariz cientotreinta grados y evadió el potente olor de vagabundo. Con escrúpulo acreditó una humanidad inferior a la propia. Sin más, suspendió el concierto. Emplazó su guitarra en vertical para resguardarse y torció el resto de su cuerpo con tal de no tener nada que ver con aquel molesto individuo. Un instante de proximidad vagabunda crepitó la violencia de desgajarlo de sí mismo. Así, la desató aquel miserable. Quedó flotando y feroz en ese cielo azul rey como su camisa. El vagabundo, frágil ante la tentación de aquella guitarra erguida, hermosa joven piel caoba, desnuda sobre las piernas de su músico, rasgó delicadamente las cuerdas de la muchacha como quien roba un fruto y espera que en cualquier momento un vigilante lo eche de mal modo. La arañó y dejó relampaguear la sonrisa traviesa del que se sabe en falta. El músico arrancó su pañuelo raudo y limpió las cuerdas. Se aplacó el copete, el cuello almidonado y ahora sí, francamente incómodo, permutó su guitarra vertical a la otra pierna. Duraron así algunos instantes abandonados al horizonte. Por un solo segundo los cuerpos solitarios de ambos, soportaron el encuentro del entendimiento tácito. Ambos escrutaban a los domadores domar su parvada salvaje, disminuida ya por la demanda inmanente de domingo. Un inofensivo gesto había quebrantado la frontera que los apartaba. El vagabundo se apoderó de la guitarra y de su músico como se adueña de la piel la mano que acaricia. Molesto por el descarado examen, el hombre de la guitarra se injertó a otra banca. Supuso que así, lejos del desarrapado se libraba también del vértigo de la errancia otra. A la vuelta, junto a un escritor que hacía largo rato trabajaba, acusó un espacio disponible. Esta banca se hallaba debajo de un peligroso laurel y claro, no era perfecta como la desertada por fuerza. Nimodo. Archivó la uña de carey en la bolsita de su camisa ya no tan planchada. Arrancó cansado y deslucido su pañuelo. Aseó el lugar, ahora con menor diligencia, y otra vez lo hizo todo sin segregarse de su instrumento. Ya sentado, suspiró, se acomodó la guitarra, extirpó la uñita de la camisa, practicó algunas pisadas, afinó, tarareó hasta entrar de nuevo en confianza. El vagabundo, que no desenredó sus oídos de la guitarra, perduraba en su banca pensativo guerrero que reposa. En tregua de lucha reflexionó con hondura sobre el incipiente abandono. Enlazó manos y piernas y avispó el tímpano para auscultar la melodía ahora más lejana. Se dispuso en dirección del que cantaba bajo la esperanza infantil de tropezarse con sus ojos. Como no le ofrecieron tal cruce el vagabundo se levantó desmañado y entre mil padecimientos se lanzó a la aventura del encuentro. Semejante pericia ponía en juego su alma y su cuerpo roídos. Milagrosamente de pie se acercó a un globero. Le pidió un cigarro. Éste le obsequió el que fumaba. El vagabundo absorbió, largas y resueltas dos aspiraciones desde su noble estilo. Tiró la colilla y pilló valor para allegarse al cantante. Bajo el tibio contacto del rechazo, se detuvo ante él. Con el temblor de sus pasos y su decisión férrea bailó la nostalgia de otros años. Bailó y bailó, entrelazadas las manos. Cuando terminó la música, el escritor, que hasta entonces había luchado por no involucrarse, aplaudió entusiasmado. El aplauso era sin duda para el vagabundo, quien tras una torpe caravana esbozó la misma sonrisa que rasgó el fruto.
El músico encumbró el rostro como el que alza un escudo para ahuyentar al enemigo. Escondió su garrita de carey, acomodó anillo, cabello, y guitarra, extrajo amenazado el pañuelo y secó la cuadrícula húmeda de su frente. Huyó herido. Aquel rostro era ofrenda, confidencia de unión inaguantable. Destronado se ahuyentó ante la deuda contraída a pesar de sí. Ahora llevaba a cuestas la carga de una existencia errante. El vagabundo retornó a su banca. Sostenido del respaldo se acomodó con cautela. Hurgó en el interior de su chamarra. Resucitó, añeja como él, una cajetilla de Delicados sin filtro. Con precisión de cirujano se asignó uno, completito. Lo encendió en calma. Sopló despacio el humo seco de su cigarrillo. Lo fumó lento mientras anhelaba, sin piedad, avizorar a su músico. No lo halló. Con paso lento, demasiado gastado, vio caer lento la hoja del árbol, lento balancearse sus ramas con aquella brisa suave de verano lento. Solo, como cualquier vagabundo de caminar turbio y soledad sin punzada, desde el fondo de su cansancio, con la voluntad férrea de los que siguen el trazo tenue de un destino, se levantó lento y lento se encaminó para llegar a ningún sitio.

2 respuestas

  1. El destino, la suerte, el libre albedrío…qué significan.
    ¿Quien es otro? Yo no sé …
    Muy seguido me pregunto ¿quién soy? ¿soy esta o seré otra?
    ¿Qué sentido tiene el camino que transito, quien quisiera ser?
    Me deja este relato una gran soledad, un gran vacío angustioso…¿Para qué estaremos vivos?
    Yo digo que soy yo, pero quien sabe….

    1. Quién es Otro, la otredad en nosotros mismos. Me conozco y me desconozco y detesto aquello que me es desconocido de mí mismo. ¿Haremos lo mismo con los demás? ¿Rechazamos lo distinto, lo ajeno, lo que no es exactamente como yo soy? ¿Será ese el momento en el que dejamos de hacernos preguntas y nos llenamos de sesgos? ¿Será el rechazo a lo Otro el fundamento del racismo, nuestro permiso para discriminar?
      Gracias querida, por tu siempre sensible comentario. Por lo pronto me propongo no dejar de preguntar.

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